viernes, 19 de diciembre de 2008

No te achiques, dale a la birra loco



Pero de la buena, que las hay…Y con moderación

Por Víctor Ego Ducrot

Se los dice un tipo para quien el vino no es como la vida, sino que es la vida misma. Desde hace ya un tiempo, en esta Argentina que supimos conseguir, y con unos manguitos extra, claro, podemos zafar de las quilmes, que serán buenas para ilustrar camisetas de fútbol, llenar pantallas y cuanto a usted se lo ocurra con publicidad, pero de cerveza nada, es tan mala como berreta es el Chandon entre los champánes.

Pero no mezclemos las botellas, y antes de empinar el codo (en forma moderada, tal cual recomiendan los títulos), sepamos que, pase lo que pase, gozaremos del perdón divino, pues la birra existe y es alabada desde mucho antes que María pariese al hijo del Señor (dicen que él mismo se mandó un porrón cuando supo que era padre).

Y para comprobar que no miento, permítanme recordar que “The Food Chronology” (James Trager; Henry Holt & Company, Nueva York, 1995) y otros libros especializados cuentan que en la Palestina que vio corretear al judío llamado Jesús, los sacerdotes del templo permitían apagar la sed con leche, vinagre cortado con agua, jugo de dátiles fermentados, y con schechar, una especia de cerveza ligera a base de cereales, que los latinos llamaban cervisia; es decir, ni más ni menos, que con unas buenas cervezuchas.

El brebaje tiene larga prosapia. Dicen que la humanidad comenzó a elaborar cerveza hace unos seis mil años, entre los ríos Tigris y Eúfrates, más o menos donde hoy los iraquíes viven con el recuerdo de los asesinados por el loco que está por irse de la Casa Blanca. Por allí también nacieron la escritura y el amasado de pan.

No erramos por mucho si sostenemos que a sumerios y babilónicos les debemos el origen de tan apreciado bebestible. Y si no están seguros, dense una vuelta por el Louvre, en París; podrán visitar a la entrañable Piedra Azul, la que contiene inscripciones ilustrativas de los antiguos hacedores de birra.

La nuestra también tiene su pasado. Los primeros intentos de elaborarla en casa datan de mediados del siglo XVIII, aunque recién en 1880 es que aparece a la venta la primera botella de “rubia”, fabricada por el alsaciano Emilio Bieckert. Diez años después, un alemán nacido en Colonia, Otto Peter Bemberg, puso en marcha su propia cervecería y pare a la vieja Quilmes.

Para los amantes del vino, la cerveza nunca podrá reemplazar ni ser subsidiaria del sagrado jugo que dan los sarmientos. Sin embargo, de tanto en tanto –jamás con pizza ni empanadas, según mi manual preceptivo, tan caprichoso como cualquiera de los manuales sobre gustos-, ¡qué bien cae un bueno trago de cebada y lúpulo convertidos en escabio!

Como decíamos al principio de este encuentro. Por fin desde hace ya un tiempo podemos zafar del monopolio del sabor (y del otro, por supuesto) de las quilmes, que más que cervezas parecen…bueno, usted ya sabe.

Son muchas las variedades artesanales y semiartesanales que se están elaborando entre la quebrada de Humahuaca y Tierra del Fuego; entre los Andes, el Atlántico y las selvas mesopotámicas. Como aquí voy a citar y recomendar a una en particular, por favor no se ofendan las birras omitidas. En alguna otra oportunidad nos dedicaremos a enunciarlas (por cierto, ¿por qué habrá tan buenos escritores y comentaristas de textos varios que detestan a los enunciados y a las enumeraciones?... me parecen un poco salames).

Con ustedes las cervezas Antares, elaboradas en Mar del Plata y distribuidas cada vez mejor en Buenos Aires y otras ciudades (con el perdón de la palabra súper, en ellos es fácil encontrarlas). No se pierdan las variedades Scotch, Kolsh y Barley Wine. Son tan buenas que quedé con ganas de otra ronda. No digan nada, ya vuelvo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Che… ¿Por qué no se van a España?










La mala leche (de cabra) de los super argentinos

Por Víctor Ego Ducrot

No crean que tengo algo personal contra los godos, ni mucho menos contra sus quesos, tan variados y muy buenos. Sí crean, porque es cierto, que los supermercados de nuestro país ya me llenaron la cacerola.

Y no sólo porque son formadores oligopólicos de precios y maltratan a los productores desde el poder que les otorga su enorme capacidad de compra y almacenamiento (esos serían temas para otra columna, y hasta para otra sección de la revista), sino porque prácticamente lo obligan a uno a abastecerse de la vituallas manducables que a ellos les conviene. Veamos un caso concreto.

Una tardecita de noviembre, puse proa hacia los supermercados del barrio que me cobija, con la vagoneta intención de conseguir algo de buen queso, sin mucho esfuerzo ni viajes a reductos especializados. Dios me castigó por ser tan fiaca: en el Coto ofrecían los consabidos President franceses - tan artesanales como las computadoras de la NASA-, pero fue en el Jumbo donde se me agotó la paciencia; en las góndolas se veían quesos de cabra importados de España, a más de treinta mangos el mísero triangulito.

Un paréntesis fuera de tema: ¿sabían ustedes que hace muy poco la justicia argentina llevó al banquillo de los acusados a un señor que en un super robó dos cachos de quesos port salut y cremoso light, de once pesos cada uno, simplemente porque tenía hambre?

Sigamos con lo nuestro. Le pregunté a un empleado, ¿dónde están los quesos de cabra vernáculos? Él me contestó que no había y me miró con desconfianza, como si yo no hubiese remarcado bien el acento en la “a” cuando pronuncié la palabra vernáculos.

¿Por qué un supermercado habría de privilegiar la producción local; por qué no puede importar lo que le salga del forro de sus cuadernos? ¿A nosotros qué nos importa? ¿Acaso deberíamos pensar en los muchos y notables productores argentinos? ¿O usted es uno de esos trasnochados que se opone a la libertad de mercado? ¿O es tan desagradecido que no reconoce los esfuerzos de la libre empresa absoluta y de los gobiernos que la protegen, para que nosotros todos y todas seamos cada día más felices?

Joder tío. Habla por nuestros teléfonos, deposita tus dineros en nuestros bancos, viaja en nuestros aviones y haz las reverencias del caso cuando un rey o un príncipe o una infanta con cara borbónica te ordenen callar. ¿Vale gilipollas?

Que me perdonen el sabroso manchego, y los vinos de Rioja, y el jamón pata negra y las maravillosas cocinas vascas y de Barcelona, pero por qué no os vais un poco a la mismísima…en fin, restablezcamos el orden y la compostura, y confiemos en que ya llegará el día en que las cabras sean de nosotros y las penas sean ajenas.

Mientras tanto me permito algunas recomendaciones, que paso a enumerar.

Al tope de mi lista de quesos preferidos, de leche de cabra, vaca y oveja, figuran los de Cabaña Piedras Blancas, de Suipacha, provincia de Buenos Aires. Si quieren saber dónde comprar sus productos o directamente adquirir alguno de ellos, consulte en el templo del todopoderoso Google. Pero desde ya les cuento que los Saint Julian, los Cendre y el Cabrambert son para acometer sin culpa con la gula y el resto de los pecados, sean o no mortales. También les recomiendo los de Cabaña La Carolina, de Jujuy (escriban en el Google quesillos punto com).

Sí, ya lo sé. Ustedes estarán por decirme no tengo tanto tiempo ni ganas de andar buscando por el ciberespacio cuando simplemente me agarró el antojo de queso, ni mucho menos me da el cuero para andar de compras por el mapa de la república. Quizás tengan razón pero después no digan que nos se los advertí. ¡Llegarán al super y se acordarán de la Santa María, la Niña y la Pinta!

viernes, 5 de diciembre de 2008

Menú del día, huevos verdes fritos



Sí doña, como lo oyó. Al mejor estilo mapuche





Por Víctor Ego Ducrot

¿Acaso saben ustedes de algo más rico? Un par de huevos fritos, con manteca o aceite, con bordes de clara crocantes y yema jugosa; pan pa’ mojar, hasta dejar el plato reluciente. Un vaso de tinto y a llorar a la iglesia, porque después de semejante banquete todo ser humano (somos de este mundo, pues en el otro nada saben de deleites culinarios), queda en estado de contemplación y por consiguiente bien templado para aguantar a los del Wall Street y a los mercados tan nerviosos e insoportables.

Si hasta dicen que el huevo frito es la prueba de hierro de todo cocinero que merezca llamarse tal, y no como se autodenominan muchos de la tele, charlatanes y cajetillas (solo un cajetilla solemne puede disfrutar mientras cocina a la intemperie de los vientos marinos, por ejemplo), a quienes en más de una oportunidad se los ve salando a los cigotos mientras crepitan en la sartén. Mis abuelas les hubiesen espetado imbecille patentato o connard, pues una era tana y la otra franchuta.

Pero vayamos a cosas serias. El otro día aterrizó por casa Victoria Rodríguez Rey, joven cocinera neuquina (después les paso el teléfono, por si andan por esos pagos y quieren probar sus platos), muy interesada en sondear los caminos de la culinaria como patrimonio cultural y soberanía alimentaria. Charla que te charla sobre esos menesteres, de sopetón me dijo, te traje un regalo, y rebuscó en su mochila un paquete de papel de diario. El obsequio consistió en media docena de huevos verdes, de esos que ponen las viejas y arrinconadas gallinas araucanas.

No se imaginan mi entusiasmo. Allí mismo quise refugiarme en la cocina, pero apelé a mi capacidad de concentración y continuamos con la charla.

Parece ser que la gallina araucana es oriunda del sur de Chile y Argentina, aunque también la conocieron en el Cuzco. Se sabe que los mapuches conocían dos variedades – la collonca y la quetro- y que las criaban en cautiverio. En Neuquén las cultivan pobladores de Villa Pehuenia y Aluminé, y en las barriadas pobres de la ciudad capital. Seguro que por eso Sobisch y los asesinos de Fuentealba las desprecian y prefieren las asépticas y envasadas en plástico que venden en los supermercados.

Ponen huevos verdosos, a veces tirando a azul claro; grandes, de cáscaras firmes, claras consistentes y yemas de un amarillo intenso. Da gusto cascarlos y echarlos en la sartén, redondos, batidos o estrellados; salarlos (después, claro, no haga cosas de connard) y disfrutarlos a solas o en buena compañía. Y ni pensar quiero en una mayonesa casera, con aceite de oliva y una pizca de ajo. ¿Se la imaginan sobre un pan tostado, con generosas rebanadas de matambre y tomates (no verdes sino rojos)?

Mejor no sigamos con eso de la imaginación porque podemos derivar en quimbos, ambrosías, sabayones o sambayones y tortillas, una colección de benditos pecados para cometer sentados sobre una silla y a la mesa, o sobre el lugar donde ustedes prefieran apoyar sus “porciones carnosas y redondas”, tal cual dice el diccionario de la Real Academia como sinónimo de la más simpática palabra culos, a la hora de disfrutar un banquete.

Antes que me olvide. Aquí les dejo el número telefónico de Victoria (0299-15 4573823). Si se dan una vuelta por Neuquén, traten de evitar los ojos cínicos de Sobisch y compañía, elijan un alojamiento confortable y llamen a la cocinera. Pídanle que los introduzca en las bondades de los huevos verdes, del curanto (plato emblema de la cocina mapuche) y de un licor de piñones llamado muday. ¡Ah, por cierto! Pidan la revista (8300) y lean las columnas gastronómicas de la colega Carmela Huerta.

Se acordarán muy bien de éste, vuestro atento servidor.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Una gallina pintada de azul y oro



Pucherito, canelones y esas trampas de la memoria

Por Víctor Ego Ducrot

No diré su nombre porque olvidé solicitarle permiso para la humorada. Un brillante académico y periodista mendocino desembarcó hace una semana en La Boca en busca de camisetas número 10 y bosteras, que dijeran bien claro sobre la espalda Román Riquelme.

El hombre -el académico claro- se dice fundamentalista del jugador y elaboró una compleja teoría sobre el concepto de velocidad: sostiene que se trata de una categoría que no descansa sobre la agilidad del cuerpo sino sobre la logarítmica relación que existe entre el objeto llamado pelota, el espacio que ésta debe recorrer, la precisión del envío y el lugar que ocupa el sujeto receptor de la misma. En fin.

Lo cierto es que nuestro hombre bajó de un taxi una calurosa mañana de noviembre y allí, a metros del estadio, se encontró con un viejo amigo y colega de los claustros, un filósofo ensimismado con la perseverancia en el ser del viejo Baruch, pero, vaya uno saber por qué, si por efectos de la canícula anticipada o por sus avatares de pensador, había extraviado la memoria, y se paseaba orondo por las calles xeneizes embutido dentro de una casaca blanca con banda roja, inconfundiblemente gallina.

Los esfuerzos de este escriba por explicar que nadie corría peligro, al fin y al cabo River nació en este barrio, no tuvieron efectos. El mendocino tomó de un brazo a su amigo y enfilaron hacia el boliche de la esquina. Me limité a seguirlos.

Dasayunadores tardíos que no embocaban la media luna en la taza de café con leche, porque le prestaban más atención al diario sobre la mesa que a las vituallas manducables, se confundían con unos cuantos en espera de algo que al principio no se entendía bien de qué se trataba. Paredes cubiertas con inscripciones boquenses, aires de bodegón absoluto, olores a pastas y salsas que pronto estarían listas.

Por fin se supo qué aguardaban los curiosos que al rato fueron muchos. Allí, en pocos minutos más y organizada por el Instituto Italiano de Cultura, la Oficina Cultural de la Embajada de Italia y el Instituto Cooperazione Economica Internazionale (ICEI), tendría lugar un charla sobre la influencia de las culturas inmigrantes en la cocina argentina, siendo como aquellas fueron, experiencias anónimas, colectivas y profundamente populares.

Pero lo mejor llegó después, porque en el restaurante Ribera Sur (Suárez 699) se come de lujo, barato y con los sabores auténticos del viejo bodegón porteño.

La elección no fue fácil: canelones de espinaca y jamón, con salsa blanca y de tomate; ravioles y ñoquis (las pasta son caseras); los infaltables bifes de chorizo con ensalada y papas fritas (generosos y el cocinero sabe cumplir al pie de la letra la consigna de “bien jugoso por favor”); unas milanesas para quedar feliz y contento y otras cosillas para picar. Los postres pocos pero justos. El flan con crema y dulce de leche, entre los mejores de los últimos tiempos. Los vinos que suelen poblar esos recintos, de forma tal que “por favor un López”, pues bien dicen los viejos mozos, nunca falla.

Nada pudieron los consejos del mendocino (ya a esa hora vestido de Riquelme) acerca de la memoria y los neurotransmisores. Sí en cambio el filósofo pudo recobrar su pasado cuando el dueño de Ribera Sur le acercó una fuente que había preparada especialmente para él: un pucherito de gallina, sin viejo vino carlón.

El erudito profesor reparó en que vestía los colores de River y entre bocado y bocado atinó a decirle al dueño de casa, “disculpe, no quise provocar, es que había perdido la memoria y hasta recién no supe dónde estaba”. No te preocupes, al final Ignacio Copani tiene razón cuando templa la guitarra y canta soy “igual que vos”, sentenció el bolichero.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Una olla popular en la Manzana de las Luces


La cocina es cosa de pobres. Pasen, lean y prueben

Por Víctor Ego Ducrot

Que me disculpen los de la tribu paqueta gourmet. Entre las (pre) ocupaciones de toda reflexión gastronómica no puede estar ausente lo que quizá sea el motor de la historia: la eterna lucha de la Humanidad por comer, que quiere decir alimentarse y disfrutar.

Si el poder de la academia no hubiese impuesto la idea de pensar a la filosofía sólo a partir de Sócrates, o mejor dicho de lo que escribieron Platón y otros sobre los que dijo e hizo Sócrates, este debate sería menos expresivo.

Si reconociésemos los pensamiento de Epicuro, Lucrecio y los materialistas, por ejemplo, quizá no hiciese falta repetir con insistencia que nunca como en la actualidad el mundo sufrió tanto hambre por razones ajenas a la guerra y a las catástrofes, pese a ser ésta la etapa histórica más rica en recursos de todo tipo para una alimentación justa, equilibrada y gozosa para todos sus habitantes. ¿Entonces, qué sucede? ¿Será que nunca antes fueron tantos los que debieron trabajar y comer mal o no comer para que tan pocos coman mucho y bien?

Quienes no comen o lo hacen en forma insuficiente por ser víctimas de un modelo social excluyente también pierden su palabra, confiscada por el poder y sus instituciones. Sin embargo ellos resisten y tienen mucho que decir.

El vienes 14 de noviembre pasado, desde las dos de la tarde y hasta las nueve de la noche, la Manzana de las Luces, de Buenos Aires, recibió a distintos movimientos sociales para que expresen sus propias perspectivas acerca del comer y del no comer.

Allí estuvieron, en diversas mesas y paneles organizados por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad, integrantes de la agrupación Movimiento Tupac Amarú en el Frente Popular Darío Santillán, para debatir sobre “Cocina piquetera: la culinaria vista desde los movimientos sociales”.

Presos, presas, miembros de radio La Cantora y de otras organizaciones expusieron sobre “La culinaria del castigo: Cocina “tumbera”. Comer de la basura. Olla popular. Cómo se come en las cárceles y en las calles”. Ciudadanos que vivieron muchos años privados de su libertad cocinaron allí un guiso "tumbero", como el que se come en las cárceles, para que el público y la prensa que concurrió a la Jornada pudiese degustar las delicias de una culinaria sometida a la violencia cotidiana. Por supuesto que no faltó "el pajarito", una suerte de aguardiente que los detenidos y las detenidas elaboran en sus celdas, con lo que puedan conseguir.

También se comprobó que “La cocina es cosa de locos”, gracias a la participación de internos del Borda y colegas de radio La Colifata. Representantes del Movimiento Nacional de Trabajadores Cartoneros y Recicladores (MNT-CAR) se referieron a “Cómo comen quienes sufren condiciones de semiesclavitud en la gran ciudad del siglo XXI”.

Y por último, Claudia Pia Baudracco, de la Asociacion Travestis Transexuales Transgénero Argentinas (ATTA), reflexionó sobre “La culinaria vista por las y los discriminadas por género y sexo”.

La secretaria general de la Comisión, Leticia Maronese, tuvo a su cargo la apertura de la Jornada y este cronista actuó como moderador de los debates y expuso sobre “El no comer y la lucha por el comer en la agenda gastronómica”.

Después de los debates, y gracias al aporte de la Tupac Amarú, la noche cerró con una generosa ronda de empanadas y vino tinto.

Para el final, por favor tomen nota de lo siguiente. En Buenos Aires existen espacios donde desayunar, almorzar y cenar con cocinas hechas desde los movimientos sociales. Por ejemplo en MU punto de encuentro, sobre H. Yrigoyen 1440, frente a Plaza Congreso. Dulces, salados, platos fríos y calientes, desde bizcochitos de grasa hasta suculentas tortillas, algún que otro licor casero, mermeladas y conservas (no se pierdan la de berenjenas), todo elaborado por emprendimientos culinarios cooperativos y autogestionados. ¡Qué a todos nos aproveche…y si no, que no le aproveche a ninguno!

martes, 11 de noviembre de 2008

Cocina sin recetas...la gastronomía según los perseguidos y discriminados




El viernes 14 de noviembre en la Manzana de las Luces (Perú 272, Ciudad de Buenos Aires), de 14 a 21 horas. Jornada "Cocina sin recetas", organizada por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad

La agenda contemporánea para la comprensión y la práctica de la culinaria y estrategias alimenticias en una ciudad como Buenos Aires incluye, entre muchos otros tópicos, algunos que históricamente fueron silenciados y negados.

La Jornada “Cocina sin recetas” estará referida a los hábitos y discursos del comer de amplios y diversos sectores de nuestra sociedad que son marginalizados, discriminados y silenciados, a pesar de que esas realidades culinarias también forman parte de nuestro patrimonio cultural.

Esta Jornada constituye la tercera edición del ciclo denominado "Patrimonio Gastronómico", y dará cuenta del hábito cultural a la hora de comer de sectores como los movimientos sociales, los presos, los internos de los psiquiátricos, los cartoneros y los travestis.

Es organizada por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural, del Ministerio de Cultura del GCBA.

A través de diversas mesas, comentarán su realidad culinaria los integrantes de la agrupación Movimiento Tupac Amarú en el Frente Popular Darío Santillán; los integrantes de la radio “La Cantora”, así como presos y presas en cárceles argentinas; los realizadores de la radio “La Colifata” (internos del Borda); representantes del Movimiento Nacional de Trabajadores Cartoneros y Recicladores (MNT-CAR); y Claudia Pía Baudracco, de la Asociacion Travestis Transexuales Transgénero Argentinas (ATTA), y Sonia Sánchez (autora del libro “Ninguna mujer nace para puta”).

Víctor Ego Ducrot se referirá a los principales ejes temáticos de la jornada y coordinará las distintas mesas.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Los platos preferidos de Bombita Rodríguez



Humor, estofado y algo más. Así somos, ¿y qué?

Por Víctor Ego Ducrot

Una primicia más de la Veintitrés. Visitamos el boliche donde, en secreto, Bombita Rodríguez y otros personajes de Diego Capusotto se juntan a comer. Allí elucubran nuevas aventuras y se devanan los sesos para tomarnos el pelo y, de paso, reírse de ellos mismos. Pero que la ansiedad no los traicione. Calma que todo llega. Antes, un poco de sociología a la virulí.

Días pasados, este columnista anonadado y don Diego – a mi modesto entender lo mejor de la televisión argentina- estuvieron conversando al aire, como suele decirse cuando dos fulanos o fulanas, que no importan los géneros ni los sexos, charlan en un programa de radio. El encuentro tuvo lugar, permítanme el aviso, en “Los sabores de América Latina”, que el escriba parlotea todas los viernes a las 19 horas por la AM 530, la Voz de las Madres.

Un rato antes, con un helado de El Vesubio de la Calle Corrientes y Libertad, y verdadero patrimonio cultural de los porteños, recordé la teoría de una escritora argentina a quien no voy a nombrar porque lo hago con frecuencia, y podrán bien pensar ustedes que en ella tengo cierto interés inconfesable.

Sostiene la escritora que la palabra boludo/a –tan banalizada últimamente- designa a un tonto o a una tonta, y que no debe confundirse como sinónimo de pelotudo/a. Que la cualidad esencial de la pelotudés es la solemnidad, esa solemnidad de tantos políticos y economistas, por ejemplo (y periodistas también, claro), que se pasan la vida pronunciado gansadas como si fuesen verdades divinas, y muy orondos u orondas esperan que el resto de lo mortales los aplauda.

Diego Capusotto, muchas gracias por este contacto. No, gracias a ustedes por llamarme.

Le comenté la teoría en cuestión y luego vino la pregunta: ¿cómo, qué y dónde comen los pelotudos y las pelotudas?...y reconozcamos que muchas veces nosotros también.

Y dijo don Diego: creo que los pelotudos comen rápido ( ¿el fast food se preguntó en silencio el entrevistador) porque no vaya a ser que dejen de atender asuntos muy importantes y pierdan el tiempo, todo por sentarse a morfar; comen casi lo mismo que los no pelotudos pero con nombres raros, y siempre más caro; por eso prefieren restaurantes de moda…y esas pelotudeces.

Ese decir, ¿son clientes habituales de la cadena “Uyyy, nos rompieron el orto”? Y respondió don Diego: ¡ ja, ja!, sí creo que sí, y si se trata de un pelotudo, no de una, ya sabés, por una minita cualquier cosa.

Y dijo el entrevistador: por supuesto ¿quién no fue o no es, de tanto en tanto, medio pelotudo?

Ahora lo prometido, y no por confidencias de don Diego sino como consecuencia de la fina observación de un televidente que nos pasó el dato. El boliche preferido de Bombita Rodríguez, quien defendió la tercera posición gracias a su efluvios eróticos compartidos con una burguesa y una revolucionaria, queda justo en la esquina que hacen las calles Tucumán y Sánchez de Bustamante, en el Abasto.

No tiene nombre, o por lo menos no lo vi. Es un bodegón donde paran vecinos, taxistas y otros laburantes. La duda existencial entre salame picado fino o picado grueso del emo de “Peter Capusotto y sus Videos” acontece frente a una de las mesas de metal que lucen sobre la vereda, sobre la misma vereda en que orgullosos se anuncian en una pizarra los platos del día: ñoquis (caseros) con estofado, pollo al horno con papas, guiso de ternerita y guiso de lentejas; empanadas, pizzas y unas soberanas milanesas con papas fritas. No se morfará ¡guauuuu! pero es muy barato y todo auténtico y nada pretensioso, como el barrio mismo.

Bueno mis queridos contertulios, será hasta la semana que viene y ya saben: ¡pelotudos del mundo uníos (o unámonos)!