lunes, 12 de octubre de 2009

¡Sade con pesto! Pa’mí y para Marat


Vermicheli, parrilla y vino tinto. Los clásicos de una cuadra porteña.

Por Víctor Ego Ducrot

Aquella noche no estabas tú ni vi llover; me piré. Se me ocurrió borronear un manifiesto y anoté ideas para una Argentina mejor. Por ejemplo: severas condenas para los que hacen que otros vivan en la pobreza; plazas y parques para que la muchachada baile, cuente cuentos y haga (o deshaga) el amor; que los poetas sean declarados patrimonio de todos y disfruten acorde con ese galardón; ni un pibe sin escuela; ni un habitante sobre nuestro suelo sin medicina; que cada cual elija el trabajo que más le guste y pueda bien vivir de su salario; mesas abundantes y jarras de vino para todos, todas y demás; para los de enfrente y para los cosos de al lado.

De repente, dos tipos con pinta extraña doblan la esquina de Corrientes y caminan por Montevideo, hacia Sarmiento. Un de ellos, el más bajo, anda medio en cueros, apenas si cubierto por unos trapos húmedos y con una especie de tolla que le envuelve la cabeza. El otro lleva pilchas de marqués, aunque se las ve un poco raídas; luce viejo y cansado pero los ojos le brillan, como afiebrados. Creo que discuten en forma apasionada.

El de los trapos casi grita “usted está equivocado, no puede quedar en pie ni uno solo de los conspiradores”. Y el otro le contesta, “tiene razón, pero después vayamos a fondo, que la libertad nos descubra como verdaderamente somos, ¿nos animaremos a semejante prueba?”. Seguí parando la oreja y descubrí que no hablaban sobre Argentina (¿o sí?). ¿Estaba yo soñando o efectivamente me había pirado? Eran los mismísimos Marat y el Marqués de Sade. Paseaban por Buenos Aires.

Sí, me animé, aunque dubitativo y con gran timidez –y no era para menos, ¡miren ustedes a quienes tenía frente a mis ojos! – me acerqué y los invite a cenar. Ellos intercambiaron miradas. Quizás hayan desconfiaran un poco, pero aceptaron.

Montevideo, entre Corrientes y Sarmiento, es una cuadra emblemática del comer porteño. Siguen en pie los bares La Paz y el Ramos, pero no son lo que supieron ser, aunque, justo es decirlo, el primero conservó su espíritu democrático al habilitar un salón para fumadores. Desapareció la parrillita Los Muchachos, en la que un amigo se pasó noches y noches mirando a una comensal que nunca le llevaba el apunte, hasta que mucho tiempo después, y por esas vueltas de la vida, terminaron viviendo juntos (¡y qué felices!).

Tampoco están el viejo Bachín, el de la ñata contra vidrio, ni el mercado aquél, con sus paredes pintadas de verde y cajones de frutas y verduras sobre la vereda. Ni Pichín, sobre Sarmiento, con un salón en la planta principal y otro en el subsuelo, todos boliches de mesas con manteles de papel gris y botellones para el vino de la casa.

Pero sí quedan Pipo, a mitad de cuadra, y Pepito, más cerca de Corrientes, ambos de la vieja guardia y reyes absolutos de ciertos platos que, por supuesto, fueron los que nos zampamos con el Marat y el divino Marqués. Por favor mozo, empezaremos con una tira de asado bien jugosa, papas fritas y ensalada mixta; luego vermicheli tuco y pesto, y para beber que sea tinto, claro está.

Como se habrán percatado, cenamos sin demasiados pudores. El pobre Marat estaba hambriento, sin contar conque lo esperaba el puñal certero de Carlota Corday, y Sade nunca se caracterizó por la medidas, aunque dicen los que conocen bien su biografía que la gula no figuró entre sus pecados. La sobremesa fue para alquilar balcones.

Eso sí, nunca supe bien si estuve con ellos o todo fue consecuencia y alucinación por haber visto y oído un rato antes la notable puesta de Marat Sade, de Meter Weiss, que hasta hace no muchos días Villanueva Cosse dirigía en el Teatro San Martín. La verdad, tampoco me importó. Hasta la próxima.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Escriba con “p” de sánguches triples










Sí, leyó bien. Ya verá. Y son notables los de Córdoba y Mario Bravo

Por Víctor Ego Ducrot

Bueno, la verdad que me hice un lío bárbaro. La “p” de marras no es de sánguches, a menos que usted quiera comer pánguches. Aunque si los pronuncia de esa forma, las empleadas de la panadería que en un rato les recomendaré seguro, pero seguro, lo o la miraran con ojos de tierna condescendencia. Y eso a nadie le gusta, ¿no?

La famosa “p” tampoco pertenece a papá, ni a papa, ni mucho menos a Papa. Tampoco a papanatas, ni a paparruchada; y no vaya a creer que a papamoscas. No, nada de eso; nuestra “p” corresponde a Cle(p)tomanía, que significa algo así como un mestizaje entre las palabras cleptómano y vice(P)residente. ¡Ay don Cleto, que te las repanconqueso carajo, que laburo nos das!

¿Te gustó eso del choreo no? Porque ser vice de una titular y patear en contra es de busca barato che; no te ofendas pero es de ladinito de cuarta, de esos que le tiran el manotazo a una anciana o a una mujer embarazada para luego salir a la carrera con la cadenita y la cruz en la mano, con las esperanzas puestas en la calle Libertad.

Y parece que el Cle(p)to quiere repetir. La semana pasada, cuando los diputados nos dieron la buena noticia de la media sanción a la nueva ley de medios, el compadre comenzó a inventar comisiones, audiencias y no se cuantos rabanitos más. Claro, la idea, como la de toda la derecha y la de Clarín y sus clarincitos, es que nunca llegue al Senado y, si llega, repetir el “no positivo”. ¡Má sí, andá a freír churros, simples o rellenos con dulce de leche! Mmmmm, qué ricos, pero ojo que engordan y con el colesterol ni les cuento.

Hágame caso doña. Ni esta noche ni la de mañana. Tampoco la de pasado mañana, y así durante cuanto más tiempo mejor, no encienda la tele, pretenden convencernos de que la nueva ley atentaría contra la libertad de expresión; nos toman el pelo, se lo aseguro. Y si le da fiaca cocinar, haga de cuentas que está de cumple, de aniversario de bodas o de divorcio (qué se yo); en una palabra, en ocasión de algo para celebrar. Sorprenda a su amor de toda la vida o al de los últimos días, no viene al caso, y para cuando ambos terminen con sus menesteres diarios, téngase una bandeja de sánguches triples, orondos y risueños sobre la mesa bien enmantelada, y con una botella de algo para acompañar (si es con alcohol, mucho mejor).

Eso sí, no los compre en cualquier parte (sé que en nuestra bendita ciudad y en casi todas las del país existen muchos y buenos lugares para apropicuarse de ellos), pero esta vez lléveme el apunte y córrase en taxi, bondi, caminando o en monopatín, hasta la esquina de Av. Córdoba y Mario Bravo, una de las tantas que hacen frontera entre los barrios de Almagro y Palermo.

Se trata de una panadería como los señores de Olimpo recomiendan que sean las panaderías. Entre tranquila (también puede hacerlo él, mientras usted se queda en casa preparando el escenario) y solicite una docena de sánguches de miga en su variedad pan negro, de jamón crudo, queso parmesano y rúcula. Pagará algo así como unos treinta y cinco pesos, pero, le prometo, jamás se arrepentirá.

Para estar a tono que el espíritu de estas líneas, si es que disfrutó leyéndolas, preste mucha atención. ¡Que sean sánguches y no pánguches, y que los mismos sean de rúcula con queso parmesano y jamón crudo, y no de prúcula con peso (p) parmesano y pamón prudo! Y además tenga cuidado con el paquete; no sea cosa que un “no positivo” se lo manotee a la salida de la panadería o cuando usted esté por llegar a su casa; y TN diga después que la policía detuvo a una señora elegante de Palermo, pero de pudosa patadura, que se dedica a asaltar comercios respetables, debido a la extraña influencia de un virus llamado K. Ojo y mucho cuidado.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Y…lo dicen los de la Facultad



















Debe ser verdad, ¿no? Como el buen aceite de oliva, de primera presión.

Por Víctor Ego Ducrot

De chiquito me ensañaron que lo que dicen en la escuela casi siempre es cierto. Bueno, semejante principio no se lleva muy bien con las enseñanzas de Michel Foucault, pero los actuales no son tiempos propicios para demasiada teoría. Estamos en épocas de acción, de decisiones, de tomar partido por, de reconocer que lo humano nunca es en blanco y negro, que tenemos matices y que la democracia es así; sólo puede ser así, tan así como la contradicción.

Y en la Facultad (de periodismo y comunicación social de la UNLP) decimos que los argumentos de la oposición de distinto pelaje respecto del proyecto de ley para medios audiovisuales son, en el mejor de los casos, equivocados y falaces Uno no quiere ser mal pensado ni paranoico y por lo tanto tiende a creer que entre los opositores hay gente con buenas intenciones (¿la hay?).

Dicen que está en juego la libertad de expresión. Y en la Facultad decimos, como lo dice el espíritu de nuestra Constitución, que aquella no sólo es garantía para dueños de medios y periodistas sino para todas y todos lo que habitamos suelo argentino. Dicen que se trata de una ley de control de medios. Y en la Facultad decimos que sólo se trata de cumplir con la obligación que el Estado tiene de administrar los bienes públicos con equidad y conforme a un marco jurídico. Dicen que afecta la seguridad jurídica. Y en la Facultad decimos que ellos defienden un decreto de Videla, mientras nosotros pretendemos una ley de la democracia…el resto es milanesa cruda.

Sepan perdonar mi monotema con esto de la ley de medios, pero sucede que Clarines y clarincitos me llenaron la cacerola con sus bravatas y tergiversaciones. Ahora sí, pasemos a la Facultad que es tema del día: la de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo).

¡Mamita querida! ¡Qué aceite de oliva hacen esos muchachos y muchachas! Se llama (por supuesto, adivinaron) De la Facultad. Es extra virgen (es ésta la única materia que permite alabar a la virginidad, porque para el resto de la vida semejante estado, además de aburrido, debe ser enfermizo; se me ocurre, claro). Lo compré hace unas semanas en Mendoza, en botella plástica de casi un litro, y lo pagué mucho más barato que cualquiera de los que se consiguen por ahí. Es tan sabroso que, goloso uno, dan ganas de bebérselo a cucharaditas.

Deberíamos fundar un movimiento que exija a los De la Facultad distribuir sus productos en puntos tan alejados de su origen como lo es esta Santa María de los Buenos Ayres; y en otras ciudades y pueblos del país entero también, no sea cosa que, hombres necios, me acuséis sin razón de mitrista o salvaje unitario (gracias Sor, la gran poeta).

A mí el aceite de oliva me gusta para todo. Para ensaladas ni hablar. Para batir una mayonesa como el Altísimo ordena (y con una pizca de ajo ni les cuento). Untado sobre una rodaja de pan después de la tostadora y con masajes de tomate fresco (a la catalana o la italiana, si la llamamos bruschetta). Para saltear camarones o langostinos crudos (con ají pebre chileno resultan de otro planeta). Y la que sigue que seguro les resulta una receta de esas que a las que llaman exóticas: queso de cabra fresco, una pizquita de pimienta, otra de aceite de oliva y unos buenos cascos de guayabas en almíbar; se la recomiendo.

Mientras fundamos el movimiento antes sugerido voy a ver si consigo a alguien que me traiga de los Andes una nueva botella De la Facultad, la que ni mamado compartiría con quien defienda a los monopolios mediáticos de éste o de cualquier país de la galaxia, existente o por existir. Como decíamos la semana pasada, es para Clarín (y otros) que lo miran por tevé.

viernes, 18 de septiembre de 2009

De café y de canela, en el Abasto












Anticuchos bien sazonados. Un medio día para los tiempos bravos que corren.

Por Víctor Ego Ducrot

Tú de porcelana fina, cigarro puro y cognac. Yo de smoking, yo de frac, yo recibiendo propina. Tú a la Bolsa, yo a la ruina; tú subiste, yo bajé. En los muelles te encontré, vi que te echaban al mar y ni lo pude evitar, ni a las aguas me arrojé. Tengo tu mismo color y tu misma procedencia, somos aroma y esencia y amargo es nuestro sabor. ¡Vamos hermanos, valor, el café nos pide fe! Así escribió Nicomedes Santa Cruz.

Pero la hora del café había pasado. Mejor dicho, los porteños estábamos entonces en tiempos de almuerzo, de piscolabis, de picar algo, lo que usted prefiera. A mí ese mediodía me sorprendió con los diarios bajo el brazo, de camino por las calles del Abasto, mientras tarareaba subte línea B, y yo me alejo más del suelo, y yo me alejo más del cielo, también ahí escucho el tren, ahí escucho el tren, estoy en el subsuelo, estoy en el subsuelo.

En fin me dije, arriba el ánimo que vamos a ganar, y “será para Clarín que lo mira por TV”. Es que escribo esto, o salí a caminar, no me acuerdo, un día después de que el amigo Mariotto peleara el primer raun en diputados. ¡Dale Gabriel, metele de zurda en la cocina, que se quedan sin piernas!

Ahora sí, a morfar. Dejé los diarios en uno de esos cestos tan maltrechos de la esquina, que ni para basura de pobres sirven (¡che Macri, no seas vago, aunque sea barré las calles!), y puse proa hacia Lavalle y Anchorena, más Abasto imposible: jazmines en el pelo y rosas en la cara, airosa caminaba la flor de la canela, derramaba lisura y a su paso dejaba, aromas de mixtura que en el pecho llevaba…del puente a la alameda.

Pensé en Chabuca. Ingresé a ese enorme salón con mesas y sillas de madera barnizada que ofrece el restaurante Mamani (alguna vez escribí sobre él, pero sucede que cada día cocinan mejor), y el refocilo comenzó con la lectura de la carta: ¿seco de cordero, picante de gallina, papas a la huancaína, jalea mixta de pescado y mariscos? Ser o no ser, dis is de cuestion.

Ni lo uno ni lo otro, ni lo de más allá. Siempre aquí. Para empezar, un plato al que le tengo ganas desde hace rato. Por favor maestro, el mejor anticucho de la casa, y una cerveza helada.

Creo que aún debaten acerca de cuál es la expresión quechua que le dio origen a la palabra, si antikuchu o anti-uchu (corte de carne o guiso de los Andes). Lo cierto es que son más peruanos que Atahualpa, pero también tan Bolivianos como el abuelo de don Evo Morales y hasta tan chilenos como la palabra huevón.

Si ustedes forman parte de la hinchada que sufre por ver a la nueva ley de medios hecha realidad, están todos invitados por mí y en forma metafórica claro, a comerlos en el boliche del Abasto. Pero si les da fiaca salir o son tímidos, o todavía creen en las bondades de cierto periodismo independiente (Ja Ja) - tampoco crean que milito entre los fundamentalistas que niegan al otro, y mucho menos el derecho de comer bien -, pues entonces apunten algunas ideas para hacerlos en casa.

Compre un corazón de vaca (los otros no se compran, se enamoran). Trócelo en pequeños uniformes bocados, como para ensartarlos en un brocheta. Prepare un mejunje con ajo machucado, pimienta y comino (sin exagerar), y obligue a sus piezas de cuore a que se den en él una buena zambullida. Luego añada achiote entero, pimentón, ají panca molido, un poco de vinagre y otro de aceite; sale y espere un par de horas. Ensarte pues sus corazones en la mencionada brocheta, y a la parrilla. Y no se preocupe por los aliños que sugerí, todos se encuentran en las buenas verdulerías del Abasto, o en el mercado boliviano de Liniers, cerca de la estación.

¡Ay Perú de mis amores! ¡Dale áperca Gabriel, que los tenemos!

martes, 8 de septiembre de 2009

Ojalá que salga con fritas…soufflé


















La nueva ley de medios audiovisuales, digo. Y las papas bien saladitas.


Por Víctor Ego Ducrot

Hace unas semanas, al Grupo Clarín y a sus “clarincitos” se les atragantó el almuerzo; sufrieron un ataque de dispepsia y aún padecen sus barrigas con ditirambos verbales. El gobierno por fin se había decidido a presentar en el Congreso un proyecto para terminar con la ley de radiodifusión de la dictadura, y democratizar radios y televisoras. ¡Bravo!

Y ojo que con lo del atragante y las panzas compungidas no me refiero a los trabajadores del multimedios, sino a quienes se ponen la camiseta de la patronal sin pruritos ni vergüenzas; todo sea por unos buenos pesos o simplemente por estar, por pertenecer, puesto que el poder puede más que un contenedor de dulce de leche . Si no me creen, léanlos en el diario o véanlos en la pantalla de TN. La muchachada perdió la compostura.

Mientras esperamos el resultado de la batalla parlamentaria que se avecina –derechosos y derechistas, “faustos” y empedernidos, clarines y clarincitos tratarán de hacernos la vida imposible –, seamos optimistas; esperemos que los “no positivos” sigan con empacho, y pensemos en un plato para festejar la victoria a la hora de los votos. ¡Ojalá!

Pensemos con libertad. ¿Un asadito? ¿Una grande de mozzarella, y antes algunas empanadas picantes? ¿Ravioles de verdura y seso, con tuco clásico y a la vieja usanza? Ya sé, unos sánguches triples, de miga, bien porteños. No, una paella, con doble ración de langostinos (total estamos de festejo). Para mí champán, me pareció oír. Y para mí unas berenjenas en escabeche, con pan y vino tinto, dijo alguien. ¿Y por qué no irnos de juerga sabrosa a pasar la noche en un restaurante chino? ¿Por qué no? O quizá unos simples choripanes.

Las posibilidades son muchas, casi infinitas. Por mi parte, ya elegí el menú para la noche del día en que el proyecto se haga ley (¡ojalá otra vez!): una fuente gigante con papas fritas soufflé.

Y no en cualquier parte, sino en un viejo restaurante que queda sobre la calle Maipú al 500, en pleno centro de Buenos Aires. Sucede que a veces uno se pone emotivo y le entran ganas de rendir homenajes; y como en esta oportunidad nos referimos a la necesidad de más democracia y menos expropiaciones de la palabra, ese día cenaré en El Mundo, que queda casi enfrente de Radio Nacional.

Por no estar tan cerca de ningún boliche que prepare las famosas fritas infladitas (disculpen si se me escapa alguno), hoy mi sacada de sombrero no se la dedico ni a Canal 7, ni a Encuentro, ni a TELAM; ya lo haremos, porque se lo merecen.

Podría decirse que El Mundo es casi un bodegón. Sus milanesas son inolvidables y además lo atienden a uno con cierto don campechano. No es caro ni barato, está en precio; o más o menos en precio, pues en última instancia todo depende de lo que uno ese día pueda gastar. Eso sí, sus papas soufflé son imperdibles, se los aseguro.

Y dicho sea de paso, ¿saben o se acuerdan ustedes cuál es el secreto para que salgan infladas?

Dicen que se trató de una casualidad y que la misma ocurrió en Francia, en 1837, mientras preparaban los platos que servirían de festejo por la inauguración de un ferrocarril. Como el programa de actividades sufrió cierto retraso, el cocinero suspendió la fritura de sus papas, para retomarla más tarde. Cuando lo hizo, quedó sorprendido porque aquellas lucían hinchadas aunque crujientes.

Entonces, si usted quiere comerlas pero en casa, haga lo siguiente. Comience a freírlas y retírelas de la sartén antes del dorado. Deje que escurran y finalice entonces la operación en otro recipiente, con aceite muy pero muy caliente.

Ya tiene todo listo para festejar, como lo haré yo, el día que la ley de radiodifusión de la dictadura caiga hecha polvo como el olvido.

Texto publicado esta semana por el semanario Veintitrés, de Buenos Aires.

domingo, 30 de agosto de 2009

Qué mueran los salvajes matrimonios























Y vivan los santos concubinatos, entre el malbec argentino y los puros cubanos. Sin curas ni registros civiles.

Por Víctor Ego Ducrot

¿Quién habrá sido el genio culposito que eligió la palabra maridaje para referirse a la combinación recomendable entre diversos objetos de goce gastronómico? Y digo culposito porque la primera acepción del verbo maridar, según al diccionario de la Real Academia Española, es “casarse o unirse en matrimonio”.

Por favor, no vaya a ser que el pecado meta la cola, y en vez de maridos o esposas (toda asociación con ese aparatejo con el que los polis te sujetan las manos no es casual) prefiramos mancebía o “diversión deshonesta”; concubinato o “relación marital de un hombre con una mujer sin estar casados”; ni mucho menos comercio carnal, que en la cristiandad del Medioevo significaba “cabalgada» o “poner la pierna encima”, cosas de amantes repudiados por el derecho canónico y candidatos al fuego del Averno. Y ni hablemos si los esponsales, las mancebías y las cabalgadas no ocurrían entre ellos y ellas sino entre ellos y ellos o ellas y ellas; ¡vade retro Satanás!

Se me ocurre que quienes inventaron eso de los maridajes culinarios son fulanos o fulanas que le dieron más bola al gran Maquiavelo que al genio de la filosofía expulsado del Templo, don Baruch Spinoza. El primero decía que el ejercicio del poder sólo es posible si muchos temen a unos pocos, mientras que el otro, clarividente a tal punto que Freud se las hubiese visto fulera sin él, nos explicó en el siglo XVI que todo se trata de deseo y de perseverancia en el ser.

Por eso a mi me gustan las siguientes mancebías: colita de cuadril a la parrilla con un tinto corpulento; faina de lomo crujiente con pimienta y aceite de oliva, y moscato bien frío; pasta frola de dulce de membrillo con una taza de café cargado y sin azúcar; galletitas melitas clásicas y un té hirviente, en su variedad earl gray; queso de cabra semiduro con una copa de sauvignon blanc. ¿Y a ustedes?

Pero hoy quería contarles acerca de otro concubinato posible, el del malbec argentino con los puros cubanos, y de un lugar que, creo, sería ideal para consumarlo.

El sitio de marras es La Casa del Habano-La Habana Vieja y queda sobre Sarmiento 377, en pleno microcentro porteño (ya una vez me referí a él, ¿se acuerdan del cumple de la Revolución Cubana?). Pues ahora lo hago de nuevo, casi a título de propuesta.

Uno sabe que los puros cubanos son productos de lujo, y por lo tanto caros, y por lo tanto en este país sólo accesibles a unos pocos. Uno también sabe que quienes llevan adelante esos negocios conocen su mercado. ¿Y si le dan una vuelta de tuerca – a lo Henry James - , y procuran que los de a pie también podamos gozar de esa delicia de humo-sabor que sólo nace bajo el sol de la más grande de las Antillas?

No les cobro la idea. Tardecitas de vino y cigarros en la Casa del Habano-La Habana Vieja: una picadita finoli, para mantener el estilo, con canapés de buen paté y de salmón ahumado, por ejemplo; un par de copas de malbec (el Estancia Mendoza 2008, de FECOVITA, se consigue a doce pesos la botella y es notable) y después unos cigarritos que estén en precio, pues los tienen y de qué calidad, más un rato de buena música (¿grabaciones de Bola de Nieve les va?) o una charla autorizada sobre “El siglo de las luces”, “Paradiso” o la obra de Leonardo Padura…digamos que todo a sesenta dinares per cápita; no sé, digo, quizá algún morlaco más.

Les aseguro que somos unos cuantos los que nos pondríamos a ahorrar para no perder ninguno de esos encuentros, pues somos unos cuantos a quienes nos gusta largar humo a lo loco y darle un momento de pecado a las entrañas y al espíritu; porque, digámoslo otra vez, de deseos y de goce se trata.

sábado, 22 de agosto de 2009

Desierto, soledad y vino tinto...



Una radiografía de la pampa, con buena uva

Por Víctor Ego Ducrot

Una mañana de felicidad. No sé si porque aún guardo el recuerdo papilar del vino que escancié anoche, o porque estas letras son buen pretexto para abrir una vez más el libro fundador de quien, a mi modesto entender, es el más grande ensayista de los argentinos.

Escribió don Ezequiel Martínez Estrada: La verdad, la tierra ilimitada y vacía, la soledad, eso no se advierte, pues forma como la carne y los huesos del que va andando: materia inadvertida en que bulle el sueño derramado por los bordes de lo que contiene la realidad, del horizonte para afuera (…). Esta tierra, que no contenía metales a flor de suelo ni viejas civilizaciones que destruir, que no poseía ciudades fabulosas, sino puñados de salvajes desnudos, siguió siendo un bien metafísico en la cabeza del hijo del Conquistador. Constituyó un bien de poder, de dominio, de jerarquía. Poseer tierras era poseer ciudades que se edificarían en lo futuro, dominar gentes que las poblarían en lo futuro. Lo demás no tenía valor.

Pero hoy de escabios se trata. Yira que te yira por las calles de Buenos Aire, apareció ante mí, así de repente y ¡vaya casualidad!, una vinería; una de esas a las que ahora le dicen vinotecas, palabreja que no figura en el diccionario de la Academia y con la cual los pitucos pretenden encubrir sus pasiones choborras con auras de intelectualidad. Y pensar lo beatificante que resulta sentarse a leer o buscar un libro en una biblioteca, antes de ir hasta el boliche de la esquina a por una botella de vino (como verán, se me pegó el galleguismo de las malditas traducciones con las que nos abruman las editoriales ibéricas).

Fue todo un hallazgo. Bendito tubo de syrah 2004, marca 25/5, de Bodega del Desierto, con vides y toneles en 25 de Mayo, sobre el sudoeste de la provincia de La Pampa, a 400 kilómetros de Santa Rosa y 700 de Mendoza; es decir donde el diablo perdió el poncho.

Lo único que lamenté fue haberme apropicuado de un solo garrafón –andaba escaso de dinares y el precio tiene lo suyo, treinta y tantos pesillos-, porque, recuerdo, la noche en que lo abrí, sobre la mesa de casa acababa de depositar un memorable chupín de tiburón y mariscos. El piscolabis, se los aseguro, ameritaba una dosis más generosa de provista vinera; apenas si pudimos conformarnos después con lo que encontramos en uno de esos rincones secretos y con vituallas, que siempre es bueno esconder de ojos curiosos, por si las moscas, como decía la buena de mi tía Moni.

Cierto es que el vino de marras no es fácil de hallar en cualquier supermercado o almacén de barrio, así que ármense de paciencia y recorran vinotecas (Já Já), pues no me van a decir ustedes que carecen de datos al respecto. Por las dudas, les paso un sitio electrónico desde el cual pueden informarse: www.bodegadeldesierto.com.ar .

La muchachada que tiene a su cargo el cultivo de las vides y su posterior enología le han metido mano a unos cuantos varietales: cabernet sauvignon, cabernet franc, merlot, syrah, malbec, chardonnay y sauvignon blanc. Por ahora sólo tuve oportunidad de probar, como ya les dije, el persa syrah; aunque les confieso que si los demás son como él, pues bien vale la pena una excursión, ya no buscándolos en suelo porteño, sino acometiendo en auto o bondi un viaje hasta el mismísimo corazón del desierto.

¿Se imaginan ustedes, partir una noche de la Terminal de Retiro, livianos de equipaje; hacer pie en 25 de Mayo y agenciarse un coche de alquiler, que así me gusta a mí llamar a los taxis, para salir en busca de la bodega? ¿Y volver luego a casa con unas cajuchas de tinto y de blanco, relajados y disfrutando la lectura de Radiografía de la pampa?